Podemos

Me han entrado esos nervios en primera persona, de chico normalito de barrio de centro. Criado entre edificios de seis plantas, peinado con ralla a un lado. De chico que sacaba notas del montón, jugaba al fútbol en el meollo de piernas y hocicos llenos de arena al caer.
Esa es la infancia de clase media.
Lanzaba piedras en descampados. Me mordía el labio para no decir tacos. Ahogaba moscas en latas y chapas de cerveza. Bebía agua chupando de los grifos y pisaba charcos con engreimiento y alevosía.
Crecí. Asomé por entre las sombras de una pelusa que me oscurecía la cara. Maltraté el dorso de la piel blanquecina de mis manos. Escribí con tiza en las paredes y no eran chorradas sobre el amor. Frecuenté amistades desocupadas pero vehementes. Atajé con mis manos golpes que iban a mi cara o a mi barriga. Sudé en meses de junio en pupitres deprimentes. Como todos miré el reloj con ansias de parar o prolongar el tiempo.
Y heme aquí. Con el ansia de ese tiempo descompuesta y llenándome el universo de soflamas narcisistas. Aún escucho proverbiales concatenaciones de palabras avejentadas. Se habla de clase obrera que tiempo ha que cría malvas. Ego sum resurrectio.
Aquí bandean las golondrinas. Se pliegan las amapolas enrojecidas. Se habla de una revolución abortada. En psiquiátricos de vida alterna. Se habla de corrientes de opinión y niños muertos en vientres alquilados. Se habla de tipos de interés y del interés de algunos tipos por vivir parasitariamente. Se habla de epidemias que llenan los pasillos de residencias de mayores. Y yo miro a mis adentros. Vomito dos especies gemelas de ficus trepadores que ahogan de verde tu habitación de niña bien.
Y así preparo un mundo nuevo que nace del taconazo a la tierra. De esa fuerza y de ese convencimiento. Los iris verdes de donde fluye el torrente de verborrea. Lo demás como un script de una película. Los actores ahogándose en cánon de avaricia. Los de arriba fumando puros. Los de abajo chivándole al apuntador de feas maneras. El cine con el suelo alfombrado de millones de palomitas de las que nacen maizales inmensos. Se extienden más allá de lo que abarca mi vista miope. Y sus raíces nos suben por las piernas, hacen el amor con bellas varices macilentas, y se duermen cálidas y satisfechas.
Sigo creciendo sin saber a ciencia cierta el nombre de mi obra recién escrita. Pero todo es accesoriamente armonioso. Y con esa imperfección de siglos comienzo a derribar los clichés antiguos y las formulaciones de alquimistas de la política.
Planto árboles en el acerado lleno de polvo y alquitrán de vetas marrones. Los de la manifa siguen con sus procacidades y sus pañales llenos de excrecencias metalizadas. Solo conozco bien a uno de ellos. Uno que hablaba de estados y montaba en bici. Y ahora quiere convertirse en leguleyo y escribir poesía. Ahora cualquiera se siente especial.
Sigo malediciendo. Mi mundo agónico se ha quedado apartado en un pequeño descanso de las escaleras ferrosas de los grandes almacenes. Fuera sigue la explosión magmática de pequeños energúmenos y mujeres despeinadas que hablan de lo que el gobierno tiene que hacer. Han secuestrado su graciosa expresión de diosas griegas. Han asesinado esos hoyuelos al sonreír y la perfecta arruga de la comisura de sus labios.
Llueve y camino lento. Ritmo marcial de cuello para arriba. Los puños crispados. La mirada afilada. Llueve y sé que puedo hacerlo. Tanta gente rara. Tanta mujer prendada de cientos de deseos. Y la naturaleza naciéndome a borbotones de dentro del pecho. Todo por eso. Por aquello que olvidamos. Y al tercer día se encienden las luces LED de las llagas de tu cuerpo.
Y al final nos damos cuenta de que podemos.

Comentarios

Entradas populares de este blog

Análisis Semana Santa Ciudad Real 2017

Escribir sin duende

ANÁLISIS DE LA SEMANA SANTA DE CIUDAD REAL 2016