Siestas

Soy un gregario de lujo. Agazapado al fondo de la larga fila de entusiastas candidatos. Los elimino a tiro de piedra. A golpe de pedal.
La hipnótica melodía de tus besos de coca cola. Así paso los días de verano. Postrado bajo la sombra de un alféizar que se desmiga como un queso curado.
Sé que a Piero de la Francesca le hubiera gustado pintar éstas tardes sesteo eterno. De cuerpos blandiendo espadas jabonosas.
Tardes de ruedo y toreros a medio erguirse. Pinceladas picassianas entre tendidos, furias rojas y nubes densas.
El verano más largo de nuestras vidas. La emoción de los grupos de quinceañeros que corren entre Gobernación y la Plaza de Oriente.
Me presentas a tus vecinas, lozanas y llenas de bellas arrugas musicales.
Las chicharras se deshacen en cantos ininteligibles de cadentes letras dadaístas.
La noche se me hace antojadiza.
El agua de las macetas hace carreras desde mis hombros a mi ombligo.
Mi mundo se subsume en ese miserable pozo de deseos.
Y arden todas las calles pariendo neblinosos amaneceres. La calima se abraza a todas las casas blancas y doradas.
En la lejanía se extienden cientos de kilómetros de disolutas mentes. Adoquinan las playas con sus sesos impacientes y sus sexos repulsivos.
Éstos veranos masificados, vacuos y superficiales que odio junto a su calor tropical.
Me vuelvo a mi guarida inveterada y llena de recuerdos caducos.
La decadencia de la raza humana resumida en la tristeza innata a las canciones del verano.
Melancólica decadencia para un aristócrata suicidado.
Como yo.



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