Se desaconseja este uso pasando por encima no ya de aspectos materiales (como el capital invertido) sino históricos o sociales.
Se obvia la posibilidad de variar estos ropajes litúrgicos (aunque muchos ya lo estén) y poder mantenerlos dentro de los cortejos.
Se evidencia la realidad eclesial en la cual, desde el Concilio Vaticano II, su uso por parte del clero ha sido mínimo.
Se urge a su retirada cuando hablamos de una realidad en nada lesiva a la liturgia, a los dogmas de fe, a la imagen de la Iglesia como institución o al desarrollo de los cultos propios.
Y se pone de manifiesto la realidad de un sector de la Iglesia empeñado en refugiarse en los templos y sacristías. Evitando, a su vez, o poniendo fuertes trabas a que los católicos seglares manifestemos orgullosamente nuestra pertenencia a la Iglesia, la comunión con una tradición secular de la religiosidad popular o nuestro compromiso con una realidad tan viva como cualquier otra dentro del seno de la Iglesia Católica.
Se impone la reflexión, la posibilidad de diálogo y el fin de una comunicación unidireccional por parte de algunos de nuestros pastores.
