De cómo la luz de los edificios apaga y enciende cuerpos celestes

Denotas confusión con tu mirada perdida y tímidamente velada. Te muerdes el labio en una mueca entre lo infantil y lo pícaro.
Odio estar cruzado de brazos esperándote, deseándote, sangrando de tripas adentro.
Hace poco tiempo que cruzamos miradas en los pasillos fríos del ministerio.
Cada puerta, cada despacho, cada conexión ADSL que sentimos cerca suena a lejano, a sueño extático y pixelado.
Entre un sandwich mixto y una Coca Cola light se han fundido algunos de nuestros besos.
Las tardes se hacen cortas entre el fulgor blanquecino y sucio de los tubos de neón, el sonido apagado y horrendo de las teclas de un portátil envejecido, el calor tibio de una CPU al máximo rendimiento.
Las rendijas del aire acondicionado me traen tu aroma a colegiala de falda de tablas y bocado de Toblerone. Tu boca entreabierta exhala palabras ininteligibles que ni imagino:

Los hombros me pesan como si llevase encima mil enciclopedias.

Me sueltas esa frase y pienso en tu titánico esfuerzo por mantener la cabeza fría, y el equilibrio en perfecto estado.

Suelta todo eso y bajemos a la cafetería.

Y sigo planeando cómo engañarte. Cómo poder atravesar el cristal de tres pisos que suenan a chatarra cibernética, a sueños de plástico y metal, a libertad condicional con ruegos a dirección...
Hoy la tarde se ha precipitado en un abismo de color anaranjado. Hoy has abierto las piernas y me has dejado subsumirme en tu mundo de elegantes curvas y de deliciosos néctares. Hoy te has olvidado de las pequeñas pinzas del pelo, del cuello almidonado, del café del Starbucks...
Hoy el mundo lo he guardado entre tus labios y el terciopelo húmedo de tu lengua. Hoy la noche se asemeja a un manto mariano con una sola estrella.

7:15. Parpadean las encarnadas cifras en el reloj. La sábanas huelen a tu sudor y a mis sueños. Dejo mi corazón encima de la mesilla haciendo tic tac...

Avanza la mañana del día siguiente. No te veo en los pasillos, ni con tu café, ni odiando el cristal, el asfalto o la nocturnidad. No te veo ni cerca ni lejos. No te huelo. No te siento. No te elevo a mis altares de ébano y plata.

¿Por qué me dejas alineado en perpendicular? ¿Por qué no me dejas ver la Gran Nube de Magallanes en el fondo de tus pupilas? ¿Por qué has desempolvado los viejos libros de Virgilio, de Orosio y de Aristófanes? ¿Por qué dibujaste círculos concéntricos en mi espalda y los llenaste de besos?

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