De repente, ha oscurecido.

Odiarte, buscarte a lo lejos,
creerte, soñarte.
Pegarme un tiro en los sesos,
amortajarme.
Contar uno a uno los días
de sádico sufrimiento.
Amontonar palabras
al lado de mis deseos.
Contagiarme la gripe
de los días venideros.
Caminar hacia los bajos barrios
llenos de piojosos perros.
Escupir cansado
al barro y al suelo.
Saltar las alambradas
hasta que sangren las yemas de mis dedos.
Dibujar en las paredes
con carbón y cieno.
Arrojar piedras a lo lejos,
sentarme apoyado
en viejos postes de hierro.

Seguir caminando huraño,
mirar atravesado a los dueños
de este infierno.
Beber cervezas a medias,
lanzar las botellas al vuelo
de aves invernales,
de pájaros de mal agüero.
Si sigo siento frio
en el tuétano de mis huesos.
Me acuerdo de tus ojos.
Me muero de odio y deseo.

Se ha vuelto negro,
el manto de la noche.
Ha quedado amoratado
el perfil cárdeno del cielo.
¿Soy yo el del espejo?
Mis zapatillas rotas,
barro en la cara, en el pelo.
Tu habitación roja
se quedó muy lejos.
Mi mirada parece otra,
me duele pensarte en silencio.
El cariño roto en pedazos
en medio del dormitorio,
media botella de vodka y recuerdos.
Cuchillos afilados salen de tus labios,
una mala noche de domingo.
Un dolor hacia adentro.
Y la carretera se me hace eterna.
Diez kilómetros
de amor y cansancio.
Un enorme vacío denso,
las rosas tronchadas a tus pies,
las lágrimas saliendo de dentro.

Comentarios

  1. Me ha encantado. A veces el frío nos cala hondo en los huesos, entonces sentimos miedo...
    El día oscurece y perdemos la LUZ.
    Muy bueno, Fran.

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